José Antonio Hermida (Puigcerdá, 1978) inicia estos días en las pruebas de Euskadi su temporada de ciclocross, la base en la que debe cimentar el ‘biker’ catalán su asalto al oro olímpico en Londres, tras el Mundial de 2010, el último título que le resta para sellar una trayectoria sublime.

BILBAO. La historia de Hermida comienza en 1978, en Puigcerdá, a 500 metros de la frontera con Francia. Sus padres, gallegos, emigraron allí buscando trabajo. Él creció patinando sobre un skate.De la mountain bike, el chisme que llegó de Estados Unidos, no supo nada hasta los 14 años. Vio a un chico que saltaba escalones sobre una y supo que era eso lo que necesitaba para ser feliz. Lo es desde entonces. De paso, lo ha ganado todo en un deporte poco enraizado en el Estado. Es campeón del mundo en todas las categorías, algo que solo otros cuatro bikers han logrado en la historia, ha triunfado en la Copa del Mundo y solo se le resiste la gloria olímpica, donde ha conquistado una plata -Atenas, 2004-. El próximo verano, en Londres, puede tener su última oportunidad.

¿Cómo era Puigcerdá?

Pequeño y pirenaico. Durante el verano las temperaturas eran agradables y el invierno tampoco era radical. Había muchas horas de luz. Y hasta ocho pistas de esquí alrededor. En el colegio el deporte ocupaba un lugar imprescindible. Las actividades escolares eran la natación, el hockey hielo, cross, esquí… Yo siempre fui un chico activo, aunque nunca me llamó la competición. Era skater, un friki del monopatín.

¿Y la bicicleta?

Nunca tuve bici propia. En el barrio había una comunitaria que utilizábamos y machacábamos entre todos. Cuando se le rompía algo, le hacíamos una ñapa y seguíamos tirando.

Cuentan que no vio usted una mountain bike hasta los 14 años.

Era algo nuevo que venía de Estados Unidos. Un día vi a un chico que subía por la carretera y saltaba por los escalones. Me quedé mirándole y supe que aquello era lo que yo necesitaba para descubrir el monte, que era mi pasión. Ese día jubilé el monopatín. Fui a casa y les pedí una mountain bike a mis padres. Me dijeron que no. Era un lujo. La conseguí a cambio de aprobar el curso. Era una Mongoose negra.

¿Corrió con ella?

No, no, la bicicleta no la quería para eso. Sino para ir a pescar y de excursión por el monte. Lo de competir no me llamaba.

Pero acabó compitiendo.

Por cosa de unos monitores de esquí que nos llevaron a correr a Llivia, a cinco kilómetros de casa, donde muchos años después conocí a mi mujer. Corrí con un casco de hockey, un niqui y unas bermudas fosforitas de la época MC Hammer. Gané.

¿Le gustó la sensación?

Me gustó la cosa de la pelea, el combate, el mano a mano. Pero me enganché en la segunda carrera: perdí y me piqué.

Era 1992 y desde entonces no ha parado de crecer.

En 1995 corrí mi primer Mundial y en 1996 fui campeón del mundo juvenil. Mi carrera ha sido rápida. Con 18 años tenía contrato profesional. Ganaba más que mi padre en la obra.

Creció en los tiempos de Indurain.

A Indurain le seguía, pero no me interesaba la carretera. Soy de los pocos que me resistí. A mí me entusiasmaba el mountain bike porque era un deporte nuevo y alternativo. La carretera nunca me atrajo.

Muchos ‘bikers’ dieron, con el tiempo, el salto a la carretera. Usted pudo hacerlo y se negó.

Pude pasar a la Once, el Mapei, al Vini Caldirola o el Coast en 2001. En esa época había ojeadores a los que llamaba la atención. Venía de hacer cuarto en los Juegos de Sidney y de ganar pruebas de la Copa del Mundo. Y, sobre todo, tenía 22 años y mucho margen de progresión.

¿Por qué se resistió?

¿Por qué Carlos Sainz o Sebastian Loeb no han corrido en Fórmula 1? Me imagino que es porque los rallies es su mundo. Es donde disfrutan. Es lo que me ocurre a mí. Lo que realmente me gusta es el mountain bike.

En la carretera había más dinero.

Si quisiera dinero, no haría ciclismo.

Usted corrió con Evans, que acaba de ganar el Tour. ¿Cómo era entonces?

Un tío extraño, un perro verde, muy especial, pero con el que tuve y mantengo una muy buena relación. También con Rasmussen o Cioni, y, después, con Fulgsang o Sagan.

¿Qué sintió en julio cuando vio a Evans ganar el Tour?

Envidia, pero sana. El año que ganó el Mundial de carretera (Mendrisio, 2009) sentí una emoción increíble. Me alegré porque al fin, Cadel había logrado su Campeonato del Mundo. En mountain bike nunca llegó a hacerlo en ninguna categoría pese a que ganó todo lo demás. Este Tour fue un gran momento para la comunidad del mountain bike. El Tour, claro, es suyo, solo suyo, pero nosotros losbikers nos sentimos un poco propietarios de él. Nos invade la idea de que uno de los nuestros se ha ido a campo enemigo y ha triunfado.

¿Se arrepentirá alguna vez de no haber probado en la carretera?

No lo sé, pero no lo creo. No siento esa curiosidad. Mi curiosidad me lleva a otras cosas: a correr un rally de coches o al esquí de montaña. Por curiosidad me gustaría hacer muchas cosas, pero lo que realmente me llena es el mountain bike. Es con lo que disfruto.

¿En qué se parecen aquellas salidas en bicicleta de cuando era crío a lo que vive ahora?

Sigo siendo feliz. Hay gente que me dice que cuando estoy encima de la bicicleta de montaña parece que sonrío y que no sufro.

Se ha resistido a la carretera y tiene un palmarés superlativo en un deporte poco enraizado en el Estado. ¿Se siente una excepción?

Ni soy una excepción ni soy un pionero, como se empeñan en etiquetarme por haber sido el primero en muchas cosas como ganar un Mundial, una Copa del Mundo o una medalla olímpica. Pero los que realmente hicieron el camino fueron los hermanos Misher, Pau y Tomás. Ellos fueron mi fuente de inspiración, los primeros en abrir la vía internacional. Yo llegué más tarde, pero he sido más mediático.

¿El prestigio se lo dieron los Juegos, la plata de Atenas 2004?

Puede ser, pero el mountain bike puede vivir sin los Juegos. Y sin Hermida ni Evans. En cada casa hay, al menos, una mountain bike. Muchos son usuarios que ni siquiera conocen la competición. Hacía ahí se dirige el ciclismo. Hacia la montaña, porque la carretera se está volviendo muy peligrosa. Tengo una niña, sé de lo que hablo.

¿La plata de Atenas es su mejor momento?

No, ha sido el más mediático. Los Juegos tienen ese poder universal.

Usted contribuyó a ello con aquella celebración tan peculiar de los disparos que dio la vuelta al mundo.

Soy pistolero antes que Contador (ríe). Aquello fue un boom, pero mi gran momento fue el Mundial juvenil. Era un crío fascinable. Luego está la Copa del Mundo de 2001, que fue como entrar a formar parte del universo que idolatraba y en el que estaban Frischknecht y todos aquellos a los que había adorado en mi infancia.

¿No cuenta el Mundial de 2010 entre sus momentos más emotivos?

Claro, aquello fue un hito. Había sido favorito durante diez años, pero nunca pude ganar. Lo hice en Canadá, un lugar mágico. Allí nació este deporte. Cuando pasé la línea de meta, la gente del mountain bike, la comunidad, se sintió aliviada. Sentían que ya me podía retirar tranquilo. Me decían que iba a ser un gran embajador para este deporte.

Fue cuando dijo eso de: “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?”.

Fue algo espontáneo. Lo estábamos ganando todo.

¿A qué atribuye el enorme éxito del deporte español?

En las disciplinas olímpicas ha tenido que ver mucho el plan ADO. Este sistema de becas es la envidia del mundo del deporte. Luego está el cambio de mentalidad. Los españoles hemos pasado de salir a participar a hacerlo con una mentalidad ganadora. En todo: tenis, motos, golf, baloncesto, triatlón, natación, ciclismo, fútbol… Y, finalmente, creo que es una cuestión generacional. Esta es la época de España, como antes fue la de otros países. No hay que ir más allá.

Yannick Noah y otros lo hacen y llegan a vincular el éxito del deporte español al dopaje.

Cuando Francia era hegemónica en el deporte, nadie pasaba el tiempo preguntándose por qué.

¿Siente que a su palmarés le faltan los Juegos?

Ganar en Londres sería un broche a mi carrera. Pero si no, no me marcharía con mal sabor de boca.

Nada es eterno, ¿usted piensa en la retirada?

Aunque no quiera pensar en ello, me lo recuerdan cada día los jóvenes que vienen dándome las luces por detrás. De momento, aguanto. Tengo motor para tres o cuatro años más. La retirada llegará, pero será algo muy natural. Empecé figurando en la segunda página de las clasificaciones y cuando vuelva allí, será que se ha cerrado un ciclo.

¿Teme el después?

No. Más que talento, yo siempre tuve capacidad de trabajo. Por eso he llegado hasta aquí. Y, por eso, no tendré problemas en el futuro.

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